El momento en el que la gripe porcina pasó a los humanos

30 04 2009

Remitido por Ripa




El Athletic pide modificaciones en Mestalla para la final

29 04 2009

Sólo ligeras modificaciones arquitectónicas y no cambiar de campo en todo el encuentro. El Athletic jugaría en la parte baja para darle alguna oportunidad al Barsa.

Enviado por Emilio




La gripe porcina vista por Eneko y Pedro

29 04 2009



Arriba, Eneko. Debajo, Pedro Molina.





Jubilación Obligatoria De Empleados y Trabajadores Estatales: J.O.D.E.T.E.

28 04 2009

Cosas más raras se han visto…





Nuevo Gobierno, nuevo Bilbao

28 04 2009


Desde que Patxi López se postuló como lehendakari hay un no se qué en el ambiente que no se pué aguantar. Vamos, que se nota.

Enviado por Mikeloto




Javier Ortiz dejó escrito en su blog su propio obituario

28 04 2009

Sirva de homenaje para quien fue uno de los mejores…


(24 de enero de 2007).

OBITUARIO ESCRITO POR ÉL MISMO EN SU BLOG

Javier Ortiz, columnista

Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto.

Así que en ésas estamos (bueno, él ya no).

Javier Ortiz fue el sexto hijo de una maestra de Irún, María Estévez Sáez, y de un gestor administrativo madrileño, José María Ortiz Crouselles. Sus abuelos fueron, respectivamente, un señor de Granada con aspecto de policía –lo que tal vez se justifique considerando el hecho de que era policía–, una señora muy agradable y culta con allure y apellido del Rosellón, un honrado y discreto carabinero orensano con habilidades de pendolista y una viuda de Haro casada en segundas nupcias con el recién mencionado, Javier Estévez Cartelle, del que se derivó el nombre de pila de nuestro recién difunto. Si algún interés tienen todos estos antecedentes, cosa que dista de estar clara, es el de demostrar que, en contra de lo que suele pretenderse, el cruce de razas no mejora el producto. (Obsérvese qué gran variedad de procedencias se puso en juego para acabar fabricando a un vasco calvo y bajito.)

La infancia de Javier Ortiz transcurrió en San Sebastián, ciudad que le venía muy a mano, porque nació allí. Se dedicó básicamente a mirar lo que había por sus cercanías, en particular el pecho de las señoras –ahora que ya está muerto podemos descubrir ese inocente secreto suyo–, y a estudiar cosas tan peregrinas como las ciudades costeras del Perú, de las que no logró olvidarse hasta su postrer respiro. Los jesuitas trataron de encauzarlo por el buen camino, pero él descubrió muy pronto que era comunista. Eso malogró del todo su carrera religiosa, ya de por sí poco prometedora, sobre todo desde que notó con desagrado el interés que algunos sacerdotes ponían en sus partes pudendas.

Su primer trabajo como escribidor, aparecido en una página del periódico del colegio, fue, curiosamente, una necrológica, con lo que cabría decir que su carrera como periodista ha resultado capicúa, singular circunstancia de la que muy pocos podrían presumir, aún en el improbable caso de que lo pretendieran.

A los 15 años, hastiado de las injusticias humanas –algunas de las cuales seguían teniendo como referencia obsesiva los pechos femeninos–, decidió hacerse marxista-leninista. Los años siguientes tuvo que emplearlos en averiguar qué era eso que acababa de hacerse, a lo que contribuyeron decisivamente algunos esforzados miembros de la Policía política franquista.

A partir de lo cual, se dedicó con gran entusiasmo a cultivar el noble género del panfleto. Sin parar. A diario. Año tras año. Fue cambiando de punto de residencia, no siempre por voluntad propia –ahí merecen especial mención sus estancias carcelarias y su exilio, primero en Burdeos, luego en París–, pero jamás varió su inquebrantable afán de agitador político, que él pretendía haber adquirido, por absurdo que parezca –y sea, de hecho–, en la lectura de Los documentos póstumos del Club Pickwick, de don Carlos Dickens, y de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Padarox, de don Pío Baroja.

Burdeos, París, Barcelona, Madrid, Bilbao, Aigües, Santander… Recorrió incontables sitios y holló innúmeros parajes sin parar de escribir, erre que erre. Zutik!, Servir al Pueblo, Saida, Liberación –y Mar, y Mediterranean Magazine– y El Mundo, y una docena de libros, y varias radios, y algunas televisiones… Por escribir, incluso escribió para otros y otras, ejerciendo de negro en momentos de particular penuria. También lo hizo a veces por amistad.

Movido por la lectura del Selecciones de Reader’s Digest y otras publicaciones estadounidenses tan aficionadas a ese género de operaciones, un día decidió calcular cuántos kilómetros cubrirían sus escritos, en el caso de colocarlos todos en una sola larguísima línea de cuerpo 12. El resultado de la estimación fue concluyente: ocuparían la tira.

En materia de amores (de la que sería injusto decir que careciera de alguna experiencia), también fue capicúa. Decía que las mejores mujeres, las más cariñosas y las más nobles con las que compartió sus días (sin desdeñar dogmáticamente a ninguna otra), le resultaron la primera y la última. Aunque la favorita le apareciera por medio: su hija Ane.

Y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.

______

Javier Ortiz, escritor y columnista, nació en Donostia-San Sebastián el 24 de enero de 1948 y murió ayer en Aigües (Alicante), tras dejar escrito el presente obituario.

http://www.javierortiz.net/jor/apuntes/obituario





Cómo joder mucho con sólo un euro

27 04 2009


Es mucho más divertido dejando coches dentro…





No es lo mismo estar durmiendo que dormido, como no es lo mismo estar jodiendo que jodido

27 04 2009



Comentario de un portavoz de Commonwealth Edison Co. cuando la Comisión de Regulación Nuclear encontró a dos operadores dormidos en la planta nuclear de Dresden, cerca de Chicago, en 1980:



“Depende de lo que se entienda por “Dormido”. No estaban tumbados. Tenían los ojos cerrados. Estaban sentados en sus controles con la cabeza en posición de asentimiento.”





El político y el torturador

27 04 2009




Wifimaniacos en busca de hotel

26 04 2009


UNO llama al hotel con la esperanza de encontrar lo que busca y un amable recepcionista le pone al día. -Mire -le explico- quisiera saber si su establecimiento tiene cobertura de móvil. -Por supuesto, señor, en todo el recinto, incluidos los ascensores, la bodega y el baño turco. Le diré más, hemos adaptado las bombonas de oxígeno del traje de submarinista para que usted pueda recibir llamadas y enviar sms bajo el agua sin ningún problema. Eso sí, el móvil anfibio lo pone usted, je, je. -¿Y wifi, tienen wifi? -Me ofende la duda, dice con aplomo. Nuestra señal inalámbrica es omnipresente y cuenta usted con pantallas táctiles de acceso a internet hasta en el portamaletas de la entrada. -¿Y tele? -De 42 pulgadas, plasma, 200 hertzios, 124 canales y teletexto en euskera batua. ¿Le hago la reserva? -¡Ni se le ocurra!, le contesto antes de colgar.

¡Es increíble! La segunda potencia turística del mundo y no hay forma de encontrar un puñetero hotel que sirva para lo que fueron creados: huir del trabajo, de la rutina y, por extensión, de Facebook, Twitter, el correo electrónico y todo lo que acabe en punto com. Ni siquiera las casas rurales se salvan. Llegas a una de ellas, al final de un camino pedregoso, y al poco descubres que hasta el perro le ladra a las cabras por medio de bluetooth para no molestar a los clientes. Es desesperante.

Y claro, así no hay forma de abandonar el vicio de la conexión perenne. Un servidor, que ya es mayor, no tiene remedio, pero me da pena mi hija. A su edad yo jugaba a saltar de baldosa en baldosa sin pisar las rayas y ella va saltando de espacio wifi en espacio wifi. Dice que fuera del wifi no se puede vivir. Que faltan ondas electromagnéticas. La miro y me da miedo y, para colmo, no puedo rebatirle porque no sé su messenger.

Josetxu Rodríguez