El parakaidista inicia en esta página el relato por entregas de una de las misiones más peligrosas en las que se ha visto envuelto. A cambio, nosotros le hemos pagado la fianza que le mantenía recluido en la cocina de un res
taurante chino.
En la hoja de servicios se me considera un hombre duro y duradero. Tengan en cuenta que participé en mayo del 68 como oyente, es decir, que lo oí por la radio, como otros muchos que luego se jactan de haber practicado el lanzamiento de adoquín al estilo libre para medrar en Ezker Batua. Tengo en mi curriculum misiones suicidas en escenarios de alto riesgo como la Aste Nagusia (quedé tocado en el hígado), varias campañas electorales vascas (quedé tocado en el cerebro) o la boda de Felipe y Letizia (me tocaron la entrepierna, aunque fue sin querer).
También hice un máster en refriegas navajeras. Los más viejos del lugar recordarán los cameos con Enrique Villar, delegado del Gobierno en la CAV, y el fiscal Fungairiño de la Audiencia Nacional, gran admirador de la BBC y de este panfleto. Del obispo de Bilbao no voy a hablar porque no está de cuerpo presente.
Pero eso son batallitas comparado con la misión que me han encomendado. En estos momentos me encuentro parapetado en una barquita que discurre por el interior de un hangar gigantesco donde centenares de muñecos autómatas bailan compulsivamente. La música es la misma que usó el FBI para que confesara sus crímenes el estrangulador de Boston y tiene cierto parecido con la melodía de Heidi, a la que soy especialmente sensible, ya que mi confesor la utilizó 500 veces a todo volumen hasta que le dije en dónde había escondido sus revistas porno. Pero esta es otra historia que algún día contaré, querido padre Barcina.
El caso es que mientras tomo las debidas precauciones ante el posible ataque de algún muñeco diabólico que me rebane el gaznate, recapitulo sobre las circunstancias que me han traído a este pequeño enclave tiranizado por una secta perniciosa que venera a un ratón llamado Mickey Mouse.
Cuando me encomendaron la misión, el comandante en jefe me explicó la importancia de la misma insistiendo en que, en estos momentos, en el mundo sólo hay dos agujeros negros que se rigen por sus propias leyes y que escapan a todo control humano y humanitario, a saber: la base norteamericana de Guantánamo, en Cuba; y Disneyland, en París.
El deber de la Agencia para la que trabajo, tan secreta que no tiene nombre (ni a lo que se dedica tampoco), es introducirse en el vientre de la bestia, analizar su funcionamiento e intentar destruirla sin que salpique por el bien de la Humanidad. Vamos, más o menos lo que quiere hacer Federico Jiménez Losantos con el Estado de Derecho desde la emisora episcopal.
Como yo no estaba por la labor de viajar a un lugar tan peligroso sin haberme gastado antes el fondo de pensiones, echamos a suertes por cuál de las dos misiones empezar. Es obvio que perdí, ya que estoy enviando este informe desde “Fantasyland”, una de las áreas más peligrosas del parque de Disney cuyo fin es la lobotomización virtual de niños entre 0 y 9 años. Para que se hagan una idea: el destripador de Yorkshire solicitó como última voluntad pasar una semana aquí con sus hijos y se lo concedieron. Bueno, pues al tercer día pidió que le adelantaran la ejecución porque no podía soportarlo.
En estas páginas les informaré de mi descenso a los infiernos del parque Disney. Sé que a los incautos que piensan arruinarse viajando allí con sus hijos no les disuadirá, pero, al menos, habré descargado mi conciencia y dejaré de sudar por las noches
Continuará…



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